Pagina visitada hoy

miércoles, 5 de febrero de 2014

Compaña

Si hay un roce de besos bajo el mar,
                  una ternura latente en la mirada,
la miel fugaz de los sueños,
                  la cita de las aguas y su vastedad sin límites,
si recuerdo el diminuto espacio de tu corazón,
                  el torso reluciente,
esa niebla indecisa que copia el cielo sobre tu frente
                  y te digo nenúfar, florecilla sostenida,
no acaba nunca de multiplicarse la espuma,
                  la plata viva,
las dos magias redondas de tu pecho.


Si hay una esfera cristalina
                  creando en mi boca tu nombre,
si raptas conmigo mariposas y ángeles,
                  si te vuelves sirena húmeda
                  en un largo suspiro de algas y calamares,

si tienes un manto sutil
                  en el agua dulce que bendice tu cuerpo,
si toda la ciudad vaticinas
                  y eres un destello en la mañana,
si tu pelo es memoria de mis manos,
                  si eres una paz que me desborda,

un sosegado amor que se subleva,
                  un cielo ostentoso que yace en el camino
y mido dulcemente tu derrumbe,
                  tu océano vencido,
si eres la voz suave,
                  la catarata que copula,
¡los ojos grandes y limpios de mi destino!


La calle, El Conde

Como cálido soplo que cruza las ramas de los árboles
y se interna veloz entre vidrieras y adoquines.
Como muchachas hermosísimas
que tienen los ojos de miel y almendros
con la piel tan próxima y suave.
Como poetas y bohemios
apostando al mar y a la nostalgia.

Como dilectantes que arreglan el mundo
a las cinco de la tarde, todos los días.
Como recinto letal
donde alguien ve morir ilusiones y deseos.
Como oferta y despojo
como alacrán y hormiga.
Como vuelo tibio de una llama
en que la patria se convirtió en calle,
en paisaje de alondra y llanto.

Como pisadas que se vuelven danzas,
rituales de amores paralelos,
blandos instantes, lloviznas,
honduras fugaces donde se citan los amantes.
Como farsa y asombro,
como corredor de tunantes,
lienzos de la rosa y el lobo,
ladrillos donde alguien confiesa con grafitti
su naufragio, su éxtasis,
su díscola mudanza de amor.

Oh calle El Conde,
como tú, embeleso y fortuna,
celaje de feroz dulzura,
como cielo y luna,
como nupcias del alma,
como duende de violeta grávida,
se gestó esta canción,
que en tu voz
navega la ciudad

martes, 4 de febrero de 2014

Poemario del poeta español,Miguel Hernandez








































    A mi gran Josefina adorada


      Tus cartas son un vino
      Que me trastorna y son
      El único alimento para mi corazón.
      Desde que estoy ausente
      No sé sino soñar,
      Igual que el mar tu cuerpo,
      Amargo igual que el mar.
      Tus cartas apaciento
      Metido en un rincón
      Y por redil y hierba
      Les doy mi corazón.
      Aunque bajo la tierra
      Mi amante cuerpo esté,
      Escríbeme, paloma,
      Que yo te escribiré.
      Cuando me falte sangre
      Con zumo de clavel,
      Y encima de mis huesos
      De amor cuando papel.


    Aceituneros
      Andaluces de Jaén,
      Aceituneros altivos,
      Decidme en el alma: ¿quién,
      Quién levantó los olivos?
      No los levantó la nada,
      Ni el dinero, ni el señor,
      Sino la tierra callada,
      El trabajo y el sudor.
      Unidos al agua pura
      Y a los planetas unidos,
      Los tres dieron la hermosura
      De los troncos retorcidos.
      Levántate, olivo cano,
      Dijeron al pie del viento.
      Y el olivo alzó una mano
      Poderosa de cimiento.
      Andaluces de Jaén,
      Aceituneros altivos,
      Decidme en el alma: ¿quién
      Amamantó los olivos?
      Vuestra sangre, vuestra vida,
      No la del explotador
      Que se enriqueció en la herida
      Generosa del sudor.
      No la del terrateniente
      Que os sepultó en la pobreza,
      Que os pisoteó la frente,
      Que os redujo la cabeza.
      Árboles que vuestro afán
      Consagró al centro del día
      Eran principio de un pan
      Que sólo el otro comía.
      ¡Cuántos siglos de aceituna,
      Los pies y las manos presos,
      Sol a sol y luna a luna,
      Pesan sobre vuestros huesos!
      Andaluces de Jaén,
      Aceituneros altivos,
      Decidme en el alma: ¿de quién,
      De quién son estos olivos?
      Jaén, levántate brava
      Sobre tus piedras lunares,
      No vayas a ser esclava
      Con todos tus olivares.
      Dentro de la claridad
      Del aceite y sus aromas,
      Indican tu libertad
      La libertad de tus lomas.


    Ante la vida, sereno
      Ante la vida, sereno
      Y ante la muerte, mayor;
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      No soy la flor del centeno
      Que tiembla al viento menor.
      Si me matan bueno:
      Si vivo, mejor.
      Aquí estoy, vivo y moreno,
      De mi estirpe defensor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      Ni al relámpago ni al trueno
      Puedo tenerles temor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      Traidores me echan veneno
      Y yo les echo valor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      El corazón traigo lleno
      De un alegre resplandor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.


    Tu ascensión
        Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa,
        Es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
        Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
        Bajó, porque era palma y azul, desde la altura.
        Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
        Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
        Azucena que barre sobre la misma fosa,
        Es cada vez más alta, más cálida, más pura.
        ¡Nunca! La escoba nunca será crucificada
        Porque la juventud propaga su esqueleto
        Que es una sola flauta, muda, pero sonora.
        Es una sola lengua, sublime y acordada.
        Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto,
        Y asciende una palmera, columna hacia la aurora.


      Besarse
        Besarse, mujer,
        Al sol, es besarnos
        En toda la vida.
        Ascienden los labios
        Eléctricamente
        Vibrantes los rayos,
        Con todo el fulgor
        De un sol entre cuatro.
        Besarse a la luna,
        Mujer, es besarnos
        En toda la muerte.
        Descienden los labios
        Con toda la luna
        Pidiendo su ocaso,
        Gastada y helada
        Y en cuatro pedazos.


      Beso soy, sombra con sombra
        Beso soy, sombra con sombra.
        Beso, dolor con dolor,
        Por haberme enamorado.
        Corazón sin corazón,
        De las cosas, del aliento
        Sin sombra de la creación.
        Sed con agua en la distancia,
        Pero sed alrededor.
        Corazón en una copa
        Donde me la bebo yo
        Y no se lo bebe nadie,
        Nadie sabe su sabor.
        Odio, vida: ¡cuánto odio
        Sólo por amor!
        No es posible acariciarte
        Con las manos que me dio
        El fuego de más deseo,
        El ansia de más ardor.
        Varias alas, varios vuelos
        Abaten en ellas hoy
        Hierros que cercan las venas
        Y las muerden con rencor.
        Por amor, vida, abatido,
        Pájaro sin remisión.
        Sólo por amor odiado,
        Sólo por amor.
        Amor, tu bóveda arriba
        Y yo abajo siempre, amor,
        Sin otra luz que estas ansias,
        Sin otra iluminación.
        Mírame aquí encadenado,
        Escupido, sin calor
        A los pies de la tiniebla
        Más súbita, más feroz,
        Comiendo pan y cuchillo
        Como buen trabajador
        Y a veces cuchillo solo,
        Sólo por amor.
        Todo lo que significa
        Golondrinas, ascensión,
        Claridad, anchura, aire,
        Decidido espacio, sol,
        Horizonte aleteante,
        Sepultado en un rincón.
        Espesura, mar, desierto,
        Sangre, monte rodador,
        Libertades de mi alma
        Clamorosas de pasión,
        Desfilando por mi cuerpo,
        Donde no se quedan, no,
        Pero donde se despliegan,
        Sólo por amor.
        Porque dentro de la triste
        Guirnalda del eslabón,
        Del sabor a carcelero
        Constante y a paredón,
        Y a precipicio en acecho,
        Alto, alegre, libre soy.
        Alto, alegre, libre, libre.
        Sólo por amor.
        No, no hay cárcel para el hombre.
        No podrán atarme, no.
        Este mundo de cadenas
        Me es pequeño y exterior.
        ¿Quién encierra una sonrisa?
        ¿Quién amuralla una voz?
        A lo lejos tú, más sola
        Que la muerte, la una y yo.
        A lo lejos tú, sintiendo
        En tus brazos mi prisión,
        En tus brazos donde late
        La libertad de los dos.
        Libre soy, siénteme libre.
        Sólo por amor.


      Canción última
        Pintada, no vacía:
        Pintada está mi casa
        Del color de las grandes
        Pasiones y desgracias.
        Regresará del llanto
        Adonde fue llevada
        Con su desierta mesa,
        Con su ruinosa cama.
        Florecerán los besos
        Sobre las almohadas.
        Y en torno de los cuerpos
        Elevará la sábana
        Su intensa enredadera
        Nocturna, perfumada.
        El odio se amortigua
        Detrás de la ventana.
        Será la garra suave.
        Dejadme la esperanza.


      Casida del sediento
        Arena del desierto
        Soy, desierto de sed.
        Oasis es tu boca
        Donde no he de beber.
        Boca: oasis abierto
        A todas las arenas del desierto.
        Húmedo punto en medio
        De un mundo abrasador
        El de tu cuerpo, el tuyo,
        Que nunca es de los dos.
        Cuerpo: pozo cerrado
        A quien la sed y el sol han calcinado.


      Cerca del agua
        Cerca del agua te quiero llevar
        Porque tu arrullo trascienda del mar.
        Cerca del agua te quiero tener
        Porque te aliente su vívido ser.
        Cerca del agua te quiero sentir
        Porque la espuma te enseñe a reír.
        Cerca del agua te quiero, mujer,
        Ver, abarcar, fecundar, conocer.
        Cerca del agua perdida del mar
        Que no se puede perder ni encontrar.


      Como el toro, he nacido para el luto
        Como el toro, he nacido para el luto
        Y el dolor, como el toro estoy marcado
        Por un hierro infernal en el costado
        Y por varón en la ingle con un fruto.
        Como el toro lo encuentra diminuto
        Todo mi corazón desmesurado,
        Y del rostro del beso enamorado,
        Como el toro a tu amor se lo disputo.
        Como el toro me crezco en el castigo,
        La lengua en corazón tengo bañada
        Y llevo al cuello un vendaval sonoro.
        Como el toro te sigo y te persigo,
        Y dejas mi deseo en una espada,
        Como el toro burlado, como el toro.


      Desde que el alba quiso
        Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
        Madre. Quiso la luna profundamente llena.
        En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
        Y un removido abismo bajo una luz serena.
        ¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
        ¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
        Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
        Y sintieron vivas bruscamente las cosas.
        Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.
        Ardes y te consumes con más recogimiento.
        El nuevo amor te inspira la levedad del ave
        Y ocupa los caminos pausados de tu aliento.
        Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
        Tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
        Y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
        Y el ascua repentina que te agiganta el ojo.
        Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.
        Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
        Sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,
        Igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.
        Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
        Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
        Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
        Te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.


      Dime
        Dime desde allá abajo
        La palabra te quiero.
        ¿Hablas bajo la tierra?
        Hablo con el silencio.
        ¿Quieres bajo la tierra?
        Bajo la tierra quiero
        Porque hacia donde corras
        Quiere correr mi cuerpo.
        Ardo desde allí abajo
        Y alumbro tus recuerdos.


      El amor ascendía
        El amor ascendía entre nosotros
        Como la luna entre las dos palmeras
        Que nunca se abrazaron.
        El íntimo rumor de los dos cuerpos
        Hacia el arrullo un oleaje trajo,
        Pero la ronca voz fue atenazada.
        Fueron pétreos los labios.
        El ansia de ceñir movió la carne,
        Esclareció los huesos inflamados,
        Pero los brazos al querer tenderse
        Murieron en los brazos.
        Pasó el amor, la luna, entre nosotros
        Y devoró los cuerpos solitarios.
        Y somos dos fantasmas que se buscan
        Y se encuentran lejanos.


      El herido I
        Para el muro de un hospital de sangre
        Por los campos luchados se extienden los heridos.
        Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
        Salta un trigal de chorros calientes, extendidos
        En roncos surtidores.
        La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
        Y las heridas sueñan, igual que caracolas,
        Cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
        Esencia de las olas.
        La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
        La bodega del mar, del vino bravo, estalla
        Allí donde el herido palpitante se anega,
        Y florece y se halla.
        Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
        La que contengo es poca para el gran cometido
        De sangre que quisiera perder por las heridas.
        Decid quién no fue herido.
        Mi vida es una herida de juventud dichosa.
        ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
        Herido por la vida, ni en la vida reposa
        Herido alegremente!
        Si hasta a los hospitales se va con alegría,
        Se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
        De adelfos florecidos ante la cirugía
        De ensangrentadas puertas.

      El herido II
        Para la libertad sangro, lucho, pervivo,
        Para la libertad, mis ojos y mis manos,
        Como un árbol carnal, generoso y cautivo,
        Doy a los cirujanos.
        Para la libertad siento más corazones
        Que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
        Y entro en los hospitales, y entro en los algodones
        Como en las azucenas.
        Para la libertad me desprendo a balazos
        De los que han revolcado su estatua por el lodo.
        Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
        De mi casa, de todo.
        Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
        Ella pondrá dos piedras de futura mirada
        Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
        En la carne talada.
        Retoñarán aladas de savia sin otoño
        Reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
        Porque soy como el árbol talado, que retoño
        Porque aún tengo la vida.


      El mundo es como aparece
        El mundo es como aparece
        Ante mis cinco sentidos,
        Y ante los tuyos que son
        Las orillas de los míos.
        El mundo de los demás
        No es el nuestro: no es el mismo.
        Lacho del agua que soy,
        Tú, los dos, somos el río
        Donde cuando más profundo
        Se ve más despacio y límpido.
        Imágenes de la vida:
        A la vez que recibimos,
        Nos reciben entregadas
        Más unidamente a un ritmo.
        Pero las cosas se forman
        Con nuestros propios delirios.
        El aire tiene el tamaño
        Del corazón que respiro
        Y el sol es como la luz
        Con que yo le desafío.
        Ciegos para los demás,
        Oscuros, siempre remisos,
        Miramos siempre hacia adentro,
        Vemos desde lo más íntimo.
        Trabajo y amor me cuesta
        Conmigo así, ver contigo;
        Aparecer, como el agua
        Con la arena, siempre unidos.
        Nadie me verá del todo
        Ni es nadie como lo miro.
        Somos algo más que vemos,
        Algo menos que inquirimos.
        Algún suceso de todos
        Pasa desapercibido.
        Nadie nos ha visto. A nadie
        Ciegos de ser, hemos visto.

        El niño yuntero

        Carne de yugo, ha nacido
        Más humillado que bello,
        Con el cuello perseguido
        Por el yugo para el cuello.
        Nace, como las herramientas,
        A los golpes destinado,
        De una tierra descontenta
        Y un insatisfecho arado.
        Entre estiércol puro y vivo
        De vacas, trae a la vida
        Un alma color de olivo
        Vieja ya y encallecida.
        Empieza a vivir, y empieza
        A morir de punta a punta
        Levantando la corteza
        De su madre con la yunta.
        Empieza a sentir, y siente
        La vida como una guerra,
        Y a dar fatigosamente
        En los huesos de la tierra.
        Contar sus años no sabe,
        Y ya sabe que el sudor
        Es una corona grave
        De sal para el labrador.
        Trabaja, y mientras trabaja
        Masculinamente serio,
        Se unge de lluvia y se alhaja
        De carne de cementerio.
        A fuerza de golpes, fuerte,
        Y a fuerza de sol, bruñido,
        Con una ambición de muerte
        Despedaza un pan reñido.
        Cada nuevo día es
        Más raíz, menos criatura,
        Que escucha bajo sus pies
        La voz de la sepultura.
        Y como raíz se hunde
        En la tierra lentamente
        Para que la tierra inunde
        De paz y panes su frente.
        Me duele este niño hambriento
        Como una grandiosa espina,
        Y su vivir ceniciento
        Resuelve mi alma de encina.
        Le veo arar los rastrojos,
        Y devorar un mendrugo,
        Y declarar con los ojos
        Que por qué es carne de yugo.
        Me da su arado en el pecho,
        Y su vida en la garganta,
        Y sufro viendo el barbecho
        Tan grande bajo su planta.
        ¿Quién salvará a este chiquillo
        Menor que un grano de avena?
        ¿De dónde saldrá el martillo
        Verdugo de esta cadena?
        Que salga del corazón
        De los hombres jornaleros,
        Que antes de ser hombres
        Han sido niños yunteros.


      El soldado y la nieve
        Diciembre ha congelado su aliento de dos filos,
        Y lo resopla desde los cielos congelados,
        Como una llama seca desarrollada en hilos,
        Como una larga ruina que atraca a los soldados.
        Nieve donde el caballo que impone sus pisadas
        Es una soledad de galopante luto.
        Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas,
        De celeste maldad, de desprecio absoluto.
        Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo,
        Con un hacha de mármol encarnizado y leve.
        Desciende, se derrama con un deshecho abrazo
        De precipicios y alas, de soledad y nieve.
        Esta agresión que parte del centro del invierno,
        Hambre cruda, cansada de tener hambre y frío,
        Amenaza al desnudo con un rencor eterno,
        Blanco, mortal, hambriento, silencioso, sombrío.
        Quiere aplacar las fraguas, los odios, las hogueras,
        Quiere cegar los mares, sepultar los amores:
        Y va elevando lentas y diáfanas barreras,
        Estatuas silenciosas y vidrios agresores.
        Que se derrame a chorros el corazón de lana
        De tantos almacenes y talleres textiles,
        Para cubrir los cuerpos que queman la mañana
        Con la voz, la mirada, los pies y los fusiles.
        Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos,
        Que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos:
        De piedra enjuta contra los picotazos rudos,
        Las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos.
        Ropa para los cuerpos que rechazan callados
        Los ataques más blancos con los huesos más rojos.
        Porque tienen el hueso solar estos soldados,
        Y porque son hogueras con pisadas, con ojos.
        La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja,
        El clamor que no suena, pero que escucho, llueve
        Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja
        Hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve.
        Tan decididamente son el cristal de roca
        Que sólo el fuego, sólo la llama cristaliza,
        Que atacan con el pómulo nevado, con la boca,
        Y vuelven cuanto atacan recuerdos de ceniza.

      El tren de los heridos
        Silencio que naufraga en el silencio
        De las bocas cerradas de la noche.
        No cesa de callar ni atravesado.
        Habla el lenguaje ahogado de los muertos.
        Silencio.
        Abre caminos de algodón profundo,
        Amordaza las ruedas, los relojes,
        Detén la voz del mar, de la paloma:
        Emociona la noche de los sueños.
        Silencio.
        El tren lluvioso de la sangre suelta,
        El frágil tren de los que se desangran,
        El silencioso, el doloroso, el pálido,
        El tren callado de los sufrimientos.
        Silencio.
        Tren de la palidez mortal que asciende:
        La palidez reviste las cabezas,
        El ay, la voz, el corazón, la tierra,
        El corazón de los que malhirieron.
        Silencio.
        Van derramando piernas, brazos, ojos,
        Van arrojando por el tren pedazos.
        Pasan dejando rastros de amargura,
        Otra vía láctea de estelares miembros.
        Silencio.
        Ronco tren desmayado, envejecido:
        Agoniza el carbón, suspira el humo
        Y maternal la máquina suspira,
        Avanza con un largo desaliento.
        Silencio.
        Detenerse quisiera bajo un túnel
        La larga madre, sollozar tendida.
        No hay estaciones donde detenerse,
        Si no es el hospital, si no es el pecho.
        Silencio.
        Para vivir, con un pedazo basta:
        En un rincón de carne cabe un hombre.
        Un dedo solo, un trozo sólo de ala
        Alza el vuelo total de todo un cuerpo.
        Silencio.
        Detened ese tren agonizante
        Que nunca acaba de cruzar la noche.
        Y se queda descalzo hasta el caballo,
        Y enarena los cascos y el aliento.

      Elegía
        Tengo ya el alma ronca y tengo ronco
        El gemido de música traidora.
        Arrímate a llorar conmigo a un tronco:
        Retírate conmigo al campo y llora
        A la sangrienta sombra de un granado
        Desgarrado de amor como tú ahora.
        Caen desde un cielo gris desconsolado,
        Caen ángeles cernidos para el trigo
        Sobre el invierno gris desocupado.
        Arrímate. Retírate conmigo:
        Vamos a celebrar nuestros dolores
        Junto al árbol del campo que te digo.
        Panadera de espigas y de flores,
        Panadera lilial de piel de era,
        Panadera de panes y de amores.
        No tienes ya en el mundo quién te quiera,
        Y ya tus desventuras y las mías
        No tienen compañera, compañera.
        Tórtola compañera de sus días,
        Que le dabas tus dedos cereales
        Y en su voz tu silencio entretenías.
        Buscando abejas va por los panales
        El silencio que ha muerto de repente
        En su lengua de abejas torrenciales.
        No espere ver tu párpado caliente
        Ni tu cara dulcísima y morena
        Bajo los dos solsticios de su frente.
        El moribundo rostro de tu pena
        Se hiela y desenguiza grado a grado
        Sin su labor de sol y de colmena.
        Como una buena fiebre iba a tu lado,
        Como un rayo dispuesto a ser herida,
        Como un lirio de olor precipitado.
        Y sólo queda ya de tanta vida
        Un cadáver de cera desmayada
        Y un silencio de abeja detenida.
        ¿Dónde tienes en esto la mirada
        Si no es descarriada por el suelo,
        Si no es por la mejilla trastornada?
        Novia sin novio, novia sin consuelo,
        Te advierto entre barrancos y huracanes
        Tan extensa y tan sola como el cielo.
        Corazón de relámpagos y afanes,
        Paginaba los libros de tus rosas,
        Apacentaba el hato de tus panes.
        Ibas a ser la flor de las esposas,
        Y a pasos de relámpago tu esposo
        Se te va de las manos harinosas.
        Echale, harina, un toro clamoroso
        Negro hasta cierto punto a tu menudo
        Vellón de lana blanco y silencioso.
        A echar copos de harina yo te ayudo
        Y a sufrir por lo bajo, compañera,
        Viuda de cuerpo y de alma yo viudo.
        La inaplacable muerte nos espera
        Como un agua incesante y malparida
        A la vuelta de cada vidriera.
        ¡Cuántos amargos tragos es la vida!
        Bebió él la muerte y tú la saboreas
        Y yo no saboreo otra bebida.
        Retírate conmigo hasta que veas
        Con nuestro llanto dar las piedras grama,
        Abandonando el pan que pastoreas.
        Levántate: te esperan tus zapatos
        Junto a los suyos muertos en tu cama,
        Y la lluviosa pena en sus retratos
        Desde cuyos presidios te reclama.

      Hijo de la luz y de la sombra
        I. Hijo de la sombra
        Eres la noche, esposa: la noche en el instante
        Mayor de su potencia lunar y femenina.
        Eres la medianoche: la sombra culminante
        Donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
        Forjado por el día, mi corazón que quema
        Lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
        Con un sólido impulso, con una luz suprema,
        Cumbre de las montañas y los atardeceres.
        Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
        Su avaricioso anhelo de imán y poderío.
        Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
        Incendia mi osamenta con un escalofrío.
        El aire de la noche desordena tus pechos,
        Y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
        Como una tempestad de enloquecidos lechos,
        Eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
        La noche se ha encendido como una sorda hoguera
        De llamas minerales y oscuras embestidas.
        Y alrededor la sombra late como si fuera
        Las almas de los pozos y el vino difundidas.
        Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
        La visible ceguera puesta sobre quien ama;
        Ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
        Ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
        La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
        Besos que la constelen de relámpagos largos,
        Bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
        Arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
        Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
        Tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
        Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
        Con todo el firmamento, la tierra estremecida.
        El hijo está en la sombra que acumula luceros,
        Amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
        Brota de sus perezas y de sus agujeros,
        Y de sus solitarias y apagadas ciudades.
        El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
        Y a su origen infunden los astros una siembra,
        Un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
        Que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
        Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
        Tendiendo está la sombra su constelada umbría,
        Volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
        Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
        II. Hijo de la luz
        Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
        Recibes entornadas las horas de tu frente.
        Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
        Tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.
        Centro de claridades, la gran hora te espera
        En el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
        Te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
        Colocando en el centro de la luz nuestra casa.
        La noche desprendida de los pozos oscuros,
        Se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
        Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
        Que se rasgan contigo como pétreas matrices.
        La gran hora del parto, la más rotunda hora:
        Estallan los relojes sintiendo tu alarido,
        Se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
        Y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
        El hijo fue primero sombra y ropa cosida
        Por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
        Con sombras y con ropas anticipó su vida,
        Con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
        Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
        Se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
        Que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
        Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
        ¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
        Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
        Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
        Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.
        Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
        Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
        Mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
        Dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
        Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
        Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
        Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
        Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
        III. Hijo de la luz y la sombra
        Tejidos en el alba, grabados, dos panales
        No pueden detener la miel en los pezones.
        Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
        Luchan y se atropellan con blancas efusiones.
        Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
        Hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
        Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
        Tú toda una colmena de leche con espuma.
        Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
        Laboriosas abejas filtradas por tus poros.
        Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
        Junto a ti, recorrida por caudales sonoros.
        Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
        Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
        Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
        Verían que grabada llevo allí tu figura.
        Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
        Fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
        En un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
        En un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
        Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
        Laten junto a los vivos de una manera terca.
        Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
        Que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
        Haremos de este hijo generador sustento,
        Y hará de nuestra carne materia decisiva
        Donde asienten su alma, las manos y el aliento,
        Las hélices circulen, la agricultura viva.
        Él hará que esta vida no caiga derribada,
        Pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
        Que de nuestras dos bocas hará una sola espada
        Y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
        No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
        Y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
        Porque la especie humana me han dado por herencia,
        La familia del hijo será la especie humana.
        Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
        Seguiremos besándonos en el hijo profundo.
        Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
        Se besan los primeros pobladores del mundo.

      La boca
        Boca que arrastra mi boca,
        Boca que me has arrastrado:
        Boca que vienes de lejos
        A iluminarme de rayos.
        Alba que das a mis noches
        Un resplandor rojo y blanco.
        Boca poblada de bocas:
        Pájaro lleno de pájaros.
        Canción que vuelve las alas
        Hacia arriba y hacia abajo.
        Muerte reducida a besos,
        A sed de morir despacio,
        Das a la grama sangrante
        Dos tremendos aletazos.
        El labio de arriba el cielo
        Y la tierra el otro labio.
        Beso que rueda en la sombra:
        Beso que viene rodando
        Desde el primer cementerio
        Hasta los últimos astros.
        Astro que tiene tu boca
        Enmudecido y cerrado,
        Hasta que un roce celeste
        Hace que vibren sus párpados.
        Beso que va a un porvenir
        De muchachas y muchachos,
        Que no dejarán desiertos
        Ni las calles ni los campos.
        ¡Cuánta boca ya enterrada,
        Sin boca, desenterramos!
        Bebo en tu boca por ellos
        Brindo en tu boca por tantos
        Que cayeron sobre el vino
        De los amorosos vasos.
        Hoy son recuerdos, recuerdos
        Besos distantes y amargos.
        Hundo en tu boca mi vida,
        Oigo rumores de espacios,
        Y el infinito parece
        Que sobre mí se ha volcado.
        He de volver a besarte,
        He de volver. Hundo, caigo,
        Mientras descienden los siglos
        Hacia los hondos barrancos
        Como una febril nevada
        De besos enamorados.
        Boca que desenterraste
        El amanecer más claro
        Con tu lengua. Tres palabras,
        Tres fuegos has heredado:
        Vida, muerte, amor. Ahí quedan
        Escritos sobre tus labios.


      Las desiertas abarcas
        Por el cinco de enero,
        Cada enero ponía
        Mi calzado cabrero
        A la ventana fría.
        Y encontraba los días
        Que derriban las puertas,
        Mis abarcas vacías,
        Mis abarcas desiertas.
        Nunca tuve zapatos,
        Ni trajes, ni palabras:
        Siempre tuve regatos,
        Siempre penas y cabras.
        Me vistió la pobreza,
        Me lamió el cuerpo el río
        Y del pie a la cabeza
        Pasto fui del rocío.
        Por el cinco de enero,
        Para el seis, yo quería
        Que fuera el mundo entero
        Una juguetería.
        Y al andar la alborada
        Removiendo las huertas,
        Mis abarcas sin nada,
        Mis abarcas desiertas.
        Ningún rey coronado
        Tuvo pie, tuvo gana
        Para ver el calzado
        De mi pobre ventana.
        Toda gente de trono,
        Toda gente de botas
        Se rió con encono
        De mis abarcas rotas.
        Rabié de llanto, hasta
        Cubrir de sal mi piel,
        Por un mundo de pasta
        Y unos hombres de miel.
        Por el cinco de enero
        De la majada mía
        Mi calzado cabrero
        A la escarcha salía.
        Y hacia el seis, mis miradas
        Hallaban en sus puertas
        Mis abarcas heladas,
        Mis abarcas desiertas.


      Llegó tan hondo el beso
        Llegó tan hondo el beso
        Que traspasó y emocionó los muertos.
        El beso trajo un brío
        Que arrebató la boca de los vivos.
        El hondo beso grande
        Sintió breve los labios al ahondarse.
        El beso aquel que quiso
        Cavar los muertos y sembrar los vivos.

      Madre España
        Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
        Con todas las raíces y todos los corajes,
        ¿Quién me separará, me arrancará de ti,
        Madre?
        Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
        Si su fondo titánico da principio a mi carne?
        Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
        ¡Nadie!
        Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
        Donde desembocando se unen todas las sangres:
        Donde todos los huecos caídos se levantan:
        Madre.
        Decir madre es decir tierra que me ha parido;
        Es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
        Es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
        Sangre.
        La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
        El otro pecho es una burbuja de tus mares.
        Tú eres la madre entera con todo su infinito,
        Madre.
        Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
        Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
        Con más fuerza que antes volverás a parirme,
        Madre.
        Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
        Volverás a parirme con más fuerza que antes.
        Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
        ¡Madre!
        Hermanos: defendamos su vientre acometido,
        Hacia donde los grajos crecen de todas partes,
        Pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
        Aires.
        Echad a las orillas de vuestro corazón
        El sentimiento en límites, los afectos parciales.
        Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
        Grande.
        Una fotografía y un pedazo de tierra,
        Una carta y un monte son a veces iguales.
        Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
        Madre.
        Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
        Los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
        Fundirse con nosotros y salvar la primera
        Madre.
        España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
        De dolor y de piedra profunda para darme:
        No me separarán de tus altas entrañas,
        Madre.
        Además de morir por ti, pido una cosa:
        Que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
        Vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
        Madre.

      Más mojado que el rostro de mi llanto
        Más mojado que el rostro de mi llanto,
        Cuando el vidrio lanar del hielo bala,
        Cuando el invierno tu ventana cierra
        Bajo a tus pies un gavilán de ala,
        De ala manchada y corazón de tierra.
        Bajo a tus pies un ramo derretido
        De humilde miel pataleada y sola,
        Un despreciado corazón caído
        En forma de alga y en figura de ola.
        Barro en vano me invisto de amapola,
        Barro en vano vertiendo voy mis brazos,
        Barro en vano te muerdo los talones,
        Dándole a malheridos aletazos
        Sapos como convulsos corazones.

      Me sobra el corazón
        Hoy estoy sin saber, yo no sé cómo,
        Hoy estoy para penas solamente,
        Hoy no tengo amistad,
        Hoy sólo tengo ansias
        De arrancarme de cuajo el corazón
        Y ponerlo debajo de un zapato.
        Hoy reverdece aquella espina seca,
        Hoy es día de llantos de mi reino,
        Hoy descarga en mi pecho el desaliento
        Plomo desalentado.
        No puedo con mi estrella.
        Y busco la muerte por las manos
        Mirando con cariño las navajas,
        Y recuerdo aquel hacha compañera,
        Y pienso en los más altos campanarios
        Para un salto mortal serenamente.
        Si no fuera, ¿por qué?... no sé por qué,
        Mi corazón escribiría una postrera carta,
        Una carta que llevo allí metida,
        Haría un tintero de mi corazón,
        Una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
        Y ahí te quedas, al mundo le diría.
        Yo nací en mala luna.
        Tengo la pena de una sola pena
        Que vale más que toda la alegría.
        Un amor me ha dejado con los brazos caídos
        Y no puedo tenderlos hacia más.
        ¿No veis mi boca qué desengañada,
        Qué inconformes mis ojos?
        Cuanto más me contemplo más me aflijo:
        Cortar este dolor ¿con qué tijeras?
        Ayer, mañana, hoy
        Padeciendo por todo
        Mi corazón, pecera melancólica,
        Penal de ruiseñores moribundos.
        Me sobra corazón.
        Hoy, descorazonarme,
        Yo, el más corazonado de los hombres,
        Y por el más, también el más amargo.
        No sé por qué, no sé por qué ni cómo
        Me perdono la vida cada día.

      Menos tu vientre
        Menos tu vientre
        Todo es confuso.
        Menos tu vientre
        Todo es futuro
        Fugaz, pasado
        Baldío, turbio.
        Menos tu vientre
        Todo es oculto,
        Menos tu vientre
        Todo inseguro,
        Todo es postrero
        Polvo del mundo.
        Menos tu vientre
        Todo es oscuro,
        Menos tu vientre
        Claro y profundo

      Mi corazón no puede con la carga
        Mi corazón no puede con la carga
        De su amorosa y lóbrega tormenta
        Y hasta mi lengua eleva la sangrienta
        Especie clamorosa que lo embarga.
        Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
        Mi corazón ya es lengua larga y lenta...
        ¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
        Los dulces granos de la arena amarga.
        Mi corazón no puede más de triste:
        Con el flotante espectro de un ahogado
        Vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.
        Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
        Que de nostalgia tienes inclinado
        Medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.


      Mis ojos sin tus ojos
        I

        Mis ojos sin tus ojos no son ojos
        Que son dos hormigueros solitarios,
        Y son mis manos sin las tuyas varios
        Intratables espinos a manojos.
        No me encuentro los labios sin tus rojos,
        Que me llenan de dulces campanarios,
        Sin ti mis pensamientos son calvarios
        Criando nardos y agostando hinojos.
        No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
        Ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
        Y mi voz sin tu trato se afemina.
        Los olores persigo de tu viento
        Y la olvidada imagen de tu huella,
        Que en ti principia, amor, y en mí termina.
        II

        Ya se desembaraza y se desmembra
        El angélico lirio de la cumbre,
        Y al desembarazarse da un relumbre
        Que de un puro relámpago me siembra.
        Es el tiempo del macho y de la hembra,
        Y una necesidad, no una costumbre,
        Besar, amar en medio de esta lumbre
        Que el destino decide de la siembra.
        Toda la creación busca pareja:
        Se persiguen los picos y los huesos,
        Hacen la vida par todas las cosas.
        En una soledad impar que aqueja,
        Yo entre esquilas sonantes como besos
        Y corderas atentas como esposas.
        III

        Pirotécnicos pórticos de azahares,
        Que glorificarán los ruiseñores
        Pronto con sus noctámbulos ardores,
        Conciertan los amargos limonares.
        Entusiasman los aires de cantares
        Fervorosos y alados contramores,
        Y el giratorio mundo va a mayores
        Por arboledas, campos y lugares.
        La sangre está llegando a su apogeo
        En torno a las criaturas, como palma
        De ansia y de garganta inagotable.
        ¡Oh, primavera verde de deseo,
        Qué martirio tu vista dulce y alma
        Para quien anda solo y miserable!

      Muerte nupcial
        El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
        Este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
        Flota como la tierra, se sume en la besana
        Donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.
        Pasar por unos ojos como por un desierto;
        Como por dos ciudades que ni un amor contienen.
        Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
        El corazón a nadie, que todos la enarenen.
        Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
        Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
        Sentimos recorrernos un palomar de arrullos,
        Y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.
        Cuanto más se miraban, más se hallaban: más hondos
        Se veían, más lejos, más en uno fundidos.
        El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
        Atravesaba el lecho la patria de los nidos.
        Entonces, el anhelo creciente, la distancia
        Que va de hueso a hueso recorrida y unida,
        Al aspirar del todo la imperiosa fragancia;
        Proyectamos los cuerpos más allá de la vida.
        Expiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
        ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
        Desplegados los ojos hacia arriba un momento,
        Y al momento hacia abajo con los ojos plegados!
        Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
        Consumada la vida como el sol, su mirada.
        No es posible perdernos. Somos plena simiente.
        Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.


      Nanas de cebolla
        La cebolla es escarcha
        Cerrada y pobre.
        Escarcha de tus días
        Y de mis noches.
        Hambre y cebolla,
        Hielo negro y escarcha
        Grande y redonda.
        En la cuna del hambre
        Mi niño estaba.
        Con sangre de cebolla
        Se amamantaba.
        Pero tu sangre,
        Escarchada de azúcar,
        Cebolla y hambre.
        Una mujer morena
        Resuelta en luna
        Se derrama hilo a hilo
        Sobre la cuna.
        Ríete, niño
        Que te traigo la luna
        Cuando es preciso.
        Alondra de mi casa,
        Ríete mucho.
        Es tu risa en tus ojos
        La luz del mundo.
        Ríete tanto
        Que mi alma al oírte
        Bata el espacio.
        Tu risa me hace libre,
        Me pone alas.
        Soledades me quita,
        Cárcel me arranca.
        Boca que vuela,
        Corazón que en tus labios
        Relampaguea.
        Es tu risa la espada
        Más victoriosa,
        Vencedor de las flores
        Y las alondras.
        Rival del sol.
        Porvenir de mis huesos
        Y de mi amor.
        La carne aleteante,
        Súbito el párpado,
        El vivir como nunca
        Coloreado.
        ¡Cuánto jilguero
        Se remonta, aletea,
        Desde tu cuerpo!
        Desperté de ser niño:
        Nunca despiertes.
        Triste llevo la boca:
        Ríete siempre.
        Siempre en la cuna,
        Defendiendo la risa
        Pluma por pluma.
        Ser de vuelo tan lato,
        Tan extendido,
        Que tu carne es el cielo
        Recién nacido.
        ¡Si yo pudiera
        Remontarme al origen
        De tu carrera!
        Al octavo mes ríes
        Con cinco azahares.
        Con cinco diminutas
        Ferocidades.
        Con cinco dientes
        Como cinco jazmines
        Adolescentes.
        Frontera de los besos
        Serán mañana,
        Cuando en la dentadura
        Sientas un arma.
        Sientas un fuego
        Correr dientes abajo
        Buscando el centro.
        Vuela niño en la doble
        Luna del pecho:
        Él, triste de cebolla,
        Tú, satisfecho.
        No te derrumbes.
        No sepas lo que pasa
        Ni lo que ocurre.


      ¿No cesará este rayo?
        ¿No cesará este rayo que me habita
        El corazón de exasperadas fieras
        Y de fraguas coléricas y herreras
        Donde el metal más fresco se marchita?
        ¿No cesará esta terca estalactita
        De cultivar sus duras cabelleras
        Como espadas y rígidas hogueras
        Hacia mi corazón me muge y grita?
        Este rayo ni cesa ni se agota:
        De mí mismo tomó su procedencia
        Y ejercita en mí mismo sus furores.
        Esta obstinada piedra de mí brota
        Y sobre mí dirige la insistencia
        De sus lluviosos rayos destructores.

      Pena bienhallada
        Ojinegra la oliva en tu mirada,
        Boquitierna la tórtola en tu risa,
        En tu amor pechiabierta la granada,
        Barbioscura en tu frente nieve y brisa.
        Rostriazul el clavel sobre tu vena,
        Malherido el jazmín desde tu planta,
        Cejijunta en tu cara la azucena,
        Dulciamarga la voz en tu garganta.
        Boquitierna, ojinegra, pechiabierta,
        Rostriazul, barbioscura, malherida,
        Cejijunta te quiero y dulciamarga.
        Semiciego por ti llego a tu puerta,
        Boquiabierta la llaga de mi vida,
        Y agriendulzo la pena que la embarga.


      Por desplumar arcángeles
        Por desplumar arcángeles glaciales,
        La nevada lilial de esbeltos dientes
        Es condenada al llanto de las fuentes
        Y al desconsuelo de los manantiales.
        Por difundir su alma en los metales,
        Por dar el fuego al hierro sus orientes,
        Al dolor de los yunques inclementes
        Lo arrastran los herreros torrenciales.
        Al doloroso trato de la espina,
        Al fatal desaliento de la rosa
        Y a la acción corrosiva de la muerte.
        Arrojado me veo, y tanta ruina
        No es por otra desgracia ni otra cosa
        Que por quererte y sólo por quererte.


      Por tu pie, la blancura más bailable
        Por tu pie, la blancura más bailable,
        Donde cesa en diez partes tu hermosura,
        Una paloma sube a tu cintura,
        Baja a la tierra un nardo interminable.
        Con tu pie vas poniendo lo admirable
        Del nácar en ridícula estrechura,
        Y adonde va tu pie va la blancura,
        Perro sembrado de jazmín calzable.
        A tu pie, tan espuma como playa,
        Arena y mar, me arrimo y desarrimo
        Y al redil de su planta entrar procuro.
        Entro y dejo que el alma se me vaya
        Por la voz amorosa del racimo:
        Pisa mi corazón que ya es maduro.


      ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria?
        ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
        Del privilegio aquel, de aquel aquello
        Que era, almenadamente blanco y bello,
        Una almena de nata giratoria?
        Recuerdo y no recuerdo aquella historia
        De marfil expirado en un cabello,
        Donde aprendió a ceñir el cisne cuello
        Y a vocear la nieve transitoria.
        Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
        De estrangulable hielo femenino
        Como una lacteada y breve vía.
        Y recuerdo aquel beso sin apoyo
        Que quedó entre mi boca y el camino
        De aquel cuello, aquel beso y aquel día.


      Ropas con su olor
        Ropas con su olor
        Paños con su aroma.
        Se alejó en su cuerpo,
        Me dejó en sus ropas.
        Lecho sin calor,
        Sábana de sombra.
        Se ausentó en su cuerpo.
        Se quedó en sus ropas.


      Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo
        Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo,
        Nacida ya para el marero oficio;
        Ser graciosa y morena tu ejercicio
        Y tu virtud más ejemplar ser cielo.
        ¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,
        Dando del viento claro un negro indicio,
        Enmienda de marfil y de artificio
        Ser de tu capilar borrasca anhelo.
        No tienes más que hacer que ser hermosa,
        Ni tengo más festejo que mirarte,
        Alrededor girando de tu esfera.
        Satélite de ti, no hago otra cosa,
        Si no es una labor de recordarte.
        -¡Date presa de amor, mi carcelera!

      Silencio de metal triste y sonoro
        Silencio de metal triste y sonoro,
        Espadas congregando con amores
        En el final de huesos destructores
        De la región volcánica del toro.
        Una humedad de femenino oro
        Que olió, puso en su sangre resplandores,
        Y refugió un bramido entre las flores
        Como un huracanado y vasto lloro.
        De amorosas y cálidas cornadas
        Cubriendo está los trebolares tiernos
        Con el dolor de mil enamorados.
        Bajo su piel las furias refugiadas
        Son en el nacimiento de sus cuernos
        Pensamientos de muerte edificados

      Te me mueres de casta y sencilla
        Te me mueres de casta y de sencilla...
        Estoy convicto, amor, estoy confeso
        De que, raptor intrépido de un beso,
        Yo te libé la flor de la mejilla.
        Yo te libé la flor de la mejilla,
        Y desde aquella gloria, aquel suceso,
        Tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
        Se te cae deshojada y amarilla.
        El fantasma del beso delincuente
        El pómulo te tiene perseguido,
        Cada vez más patente, negro y grande.
        Y sin dormir estás, celosamente,
        Vigilando mi boca ¡con qué cuido!
        Para que no se vicie y se desmande

      Tengo estos huesos hechos a las penas
        Tengo estos huesos hechos a las penas
        Y a las cavilaciones estas sienes:
        Pena que vas, cavilación que vienes
        Como el mar de la playa a las arenas.
        Como el mar de la playa a las arenas,
        Voy en este naufragio de vaivenes,
        Por una noche oscura de sartenes
        Redondas, pobres, tristes y morenas.
        Nadie me salvará de este naufragio
        Si no es tu amor, la tabla que procuro,
        Si no es tu voz, el norte que pretendo.
        Eludiendo por eso el mal presagio
        De que ni en ti siquiera habré seguro,
        Voy entre pena y pena sonriendo.


      Tu corazón, una naranja helada
        Tu corazón, una naranja helada
        Con un dentro sin luz de dulce miera
        Y una porosa vista de oro: un fuera
        Venturas prometiendo a la mirada.
        Mi corazón, una febril granada
        De agrupado rubor y abierta cera,
        Que sus tiernos collares te ofreciera
        Con una obstinación enamorada.
        ¡Ay, qué acometimiento de quebranto
        Ir a tu corazón y hallar un hielo
        De irreductible y pavorosa nieve!
        Por los alrededores de mi llanto
        Un pañuelo sediento va de vuelo
        Con la esperanza de que en él lo abreve.


      Tus ojos
        Tus ojos se me van
        De mis ojos y vuelven
        Después de recorrer
        Un páramo de ausentes.
        Tu boca se me marcha
        De mi boca y regresa
        Con varios besos muertos
        Que aún baten, que aún quisieran.
        Tus brazos se desploman
        En mis brazos y ascienden
        Retrocediendo ante esa
        Desolación que sientes.
        Otero de tu cuerpo,
        Aún mi calor lo vence.

      Umbrío por la pena, casi bruno
        Umbrío por la pena, casi bruno,
        Porque la pena tizna cuando estalla,
        Donde yo no me hallo no se halla
        Hombre más apenado que ninguno.
        Sobre la pena duermo solo y uno,
        Pena en mi paz y pena en mi batalla,
        Perro que ni me deja ni se calla,
        Siempre a su dueño fiel, pero importuno.
        Cardos y penas llevo por corona,
        Cardos y penas siembran sus leopardos
        Y no me dejan bueno hueso alguno.
        No podrá con la pena mi persona
        Rodeada de penas y de cardos:
        ¡Cuánto penar para morirse uno

      Un carnívoro cuchillo
        Un carnívoro cuchillo
        De ala dulce y homicida
        Sostiene un vuelo y un brillo
        Alrededor de mi vida.
        Rayo de metal crispado
        Fulgentemente caído,
        Picotea mi costado
        Y hace en él un triste nido.
        Mi sien, florido balcón
        De mis edades tempranas,
        Negra está, y mi corazón,
        Y mi corazón con canas.
        Tal es la mala virtud
        Del rayo que me rodea,
        Que voy a mi juventud
        Como la luna a la aldea.
        Recojo con las pestañas
        Sal del alma y sal del ojo
        Y flores de telarañas
        De mis tristezas recojo.
        ¿A dónde iré que no vaya
        Mi perdición a buscar?
        Tu destino es de la playa
        Y mi vocación del mar.
        Descansar de esta labor
        De huracán, amor o infierno,
        No es posible, y el dolor
        Me hará mi pesar eterno.
        Pero al fin podré vencerte,
        Ave y rayo secular,
        Corazón que de la muerte
        Nadie ha de hacerme dudar.
        Sigue, pues, sigue, cuchillo,
        Volando, hiriendo. Algún día
        Se pondrá el tiempo amarillo
        Sobre mi fotografía.


      Una querencia tengo por tu acento
        Una querencia tengo por tu acento,
        Una apetencia por tu compañía
        Y una dolencia de melancolía
        Por la ausencia del aire de tu viento.
        Paciencia necesita mi tormento
        Urgencia de tu garza galanía,
        Tu clemencia solar mi helado día,
        Tu asistencia la herida en que lo cuento.
        ¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!
        Tus sustanciales besos, mi sustento,
        Me faltan y me muero sobre mayo.
        Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
        A serenar la sien del pensamiento
        Que desahoga en mí su eterno rayo.

      Vientos del pueblo me llevan
        Vientos del pueblo me llevan,
        Vientos del pueblo me arrastran,
        Me esparcen el corazón
        Y me avientan la garganta.
        Los bueyes doblan la frente,
        Impotentemente mansa,
        Delante de los castigos:
        Los leones la levantan
        Y al mismo tiempo castigan
        Con su clamorosa zarpa.
        No soy de un pueblo de bueyes
        Que soy de un pueblo que embargan
        Yacimiento de leones,
        Desfiladeros de águilas
        Y cordillera de toros
        Con el orgullo en el asta.
        Nunca medraron los bueyes
        En los páramos de España.
        ¿Quién habló de echar un yugo
        Sobre el cuello de esta raza?
        ¿Quién ha puesto al huracán
        Jamás ni yugos ni trabas,
        Ni quién el rayo detuvo
        Prisionero en un jaula?
        Asturianos de braveza,
        Vascos de piedra blindada,
        Valencianos de alegría
        Y castellanos de alma,
        Labrados como la tierra
        Y airosos como las alas;
        Andaluces de relámpago,
        Nacidos entre guitarras
        Y forjados en los yunques
        Torrenciales de las lágrimas;
        Extremeños de centeno,
        Gallegos de lluvia y calma,
        Catalanes de firmeza
        Aragoneses de casta,
        Murcianos de dinamita
        Frutalmente propagada,
        Leoneses, navarros, dueños
        Del hambre, el sudor y el hacha,
        Reyes de la minería,
        Señores de la labranza,
        Hambre que entre las raíces,
        Como raíces gallardas,
        Vais de la vida a la muerte,
        Vais de la nada a la nada:
        Yugos os quieren poner
        Gente de la hierba mala,
        Yugos que habéis de dejar
        Rotos sobre sus espaldas.
        Crepúsculo de los bueyes
        Está despuntando el alba.
        Los bueyes mueren vestidos
        De humildad y olor de cuadra:
        Las águilas, los leones
        Y los toros, de arrogancia,
        Y detrás de ellos, el cielo
        Ni se enturbia ni se acaba.
        La agonía de los bueyes
        Tiene pequeña la cara,
        La del animal varón
        Toda la creación agranda.
        Si me muero, que me muera
        Con la cabeza muy alta.
        Muerto y veinte veces muerto,
        La boca contra la grama,
        Tendré apretados los dientes
        Y decidida la barba.
        Cantando espero a la muerte,
        Que hay ruiseñores que cantan
        Encima de los fusiles
        Y en medio de las batallas



        lunes, 3 de febrero de 2014

        Poemario de Pablo Neruda


        Los enemigos

        Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
        de pólvora, ellos mandaron el acerbo
        exterminio,

        ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
        un pueblo por deber y por amor reunido,

        y la delgada niña cayó con su bandera,
        y el joven sonriente rodó a su lado herido,
        y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
        con furia y con dolor.

        Entonces, en el sitio
        donde cayeron los asesinados,
        bajaron las banderas a empaparse de sangre
        para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

        Por esos muertos, nuestros muertos,
        pido castigo.

        Para los que de sangre salpicaron la patria,
        pido castigo.

        Para el verdugo que mandó esta muerte,
        pido castigo.

        Para el traidor que ascendió sobre el crimen,
        pido castigo.

        Para el que dio la orden de agonía,
        pido castigo.

        Para los que defendieron este crimen,
        pido castigo.

        No quiero que me den la mano
        empapada con nuestra sangre.
        Pido castigo.
        No los quiero de embajadores,
        tampoco en su casa tranquilos,
        los quiero ver aquí juzgados
        en esta plaza, en este sitio.

        Quiero castigo.




        Pablo Neruda

        Los muertos de la Plaza

        (28 de enero de 1948. Santiago de Chile)

        YO no vengo a llorar aquí donde cayeron:
        vengo a vosotros, acudo a los que viven.
        Acudo a ti y a mí y en tu pecho golpeo.
        Cayeron otros antes. Recuerdas? Sí,
        recuerdas.
        Otros que el mismo nombre y apellido
        tuvieron.

        En San Gregorio, en Lonquimay lluvioso,
        en Ranquil, derramados por el viento,
        en Iquique, enterrados en la arena,
        a lo largo del mar y del desierto,
        a lo largo del humo y de la lluvia,
        desde las pampas a los archipiélagos
        fueron asesinados otros hombres,

        otros que como tú se llamaban Antonio
        y que eran como tú pescadores o herreros:
        carne de Chile, rostros
        cicatrizados por el viento,
        martirizados por la pampa,
        firmados por el sufrimiento.

        Yo encontré por los muros de la patria,
        junto a la nieve y su cristalería,
        detrás del río de ramaje verde,
        debajo del nitrato y de la espiga,
        una gota de sangre de mi pueblo
        y cada gota, como el fuego, ardía.


        Plablo Neruda

        Cuándo de Chile












        OH Chile, largo pétalo
        de mar y vino y nieve,ay cuándo
        ay cuándo y cuándo
        ay cuándo
        me encontraré contigo,
        enrollarás tu cinta
        de espuma blanca y negra en mi cintura,
        desencadenaré mi poesía
        sobre tu territorio.

        Hay hombres
        mitad pez, mitad viento,
        hay otros hombres hechos de agua.
        Yo estoy hecho de tierra.
        Voy por el mundo
        cada vez más alegre:
        cada ciudad me da una nueva vida.
        El mundo está naciendo.
        Pero si llueve en Lota
        sobre mí cae la lluvia,
        si en Lonquimay la nieve
        resbala de las hojas
        llega la nieve donde estoy.
        rece en mí el trigo oscuro de Cautín.
        Yo tengo una araucaria en Villarrica,
        tengo arena en el Norte Grande,
        tengo una rosa rubia en la provincia,
        y el viento que derriba
        la última ola de Valparaiso
        me golpea en el pecho
        con un ruido quebrado
        como si allí tuviera
        mi corazón una ventana rota.

        El mes de octubre ha llegado hace
        tan poco tiempo del pasado octubre
        que cuando éste llegó fue como si
        me estuviera mirando el tiempo inmóvil.
        Aquí es otoño. Cruzo
        la estepa siberiana.
        Día tras día todo es amarillo,
        el árbol y la usina,
        la tierra y lo que en ella el hombre nuevo crea:
        hay oro y llama roja,
        mañana inmensidad, nieve, pureza.

        En mi país la primavera
        viene de norte a sur con su fragancia.
        Es como una muchacha
        que por las piedras negras de Coquimbo,
        por la orilla solemne de la espuma
        vuela con pies desnudos
        hasta los archipiélagos heridos.
        No sólo territorio, primavera,
        llenándome, me ofreces.
        No soy un hombre solo.
        Nací en el sur. De la frontera
        traje las soledades y el galope
        del último caudillo.
        Pero el Partido me bajó del caballo
        y me hice hombre, y anduve
        los arenales y las cordilleras
        amando y descubriendo.

        Pueblo mío, verdad que en primavera
        suena mi nombre en tus oídos
        y tú me reconoces
        como si fuera un río
        que pasa por tu puerta?

        Soy un río. Si escuchas
        pausadamente bajo los salares
        de Antofagasta, o bien
        al sur, de Osorno
        o hacia la cordillera, en Melipilla,
        o en Temuco, en la noche
        de astros mojados y laurel sonoro,
        pones sobre la tierra tus oídos,
        escucharás que corro
        sumergido, cantando.

        Octubre, oh primavera,
        devuélveme a mi pueblo.
        Qué haré sin ver mil hombres,
        mil muchachas,
        qué haré sin conducir sobre mis hombros
        una parte de la esperanza?
        Qué haré sin caminar con la bandera
        que de mano en mano en la fila
        de nuestra larga lucha
        llegó a las manos mías?
        Ay Patria, Patria,
        ay Patria, cuándo
        ay cuándo y cuándo
        cuándo
        me encontraré contigo?

        Lejos de ti
        mitad de tierra tuya y hombre tuyo
        he continuado siendo,
        y otra vez hoy la primavera pasa.
        Pero yo con tus flores me he llenado,
        con tu victoria voy sobre la frente
        y en ti siguen viviendo mis raíces.

        Ay cuándo
        encontraré tu primavera dura,
        y entre todos tus hijos
        andaré por tus campos y tus calles
        con mis zapatos viejos.
        Ay cuándo
        iré con Elías Lafferte
        por toda la pampa dorada.
        Ay cuándo a ti te apretaré la boca,
        chilena que me esperas,
        con mis labios errantes?
        Ay cuándo
        podré entrar en la sala del Partido
        a sentarme con Pedro Fogonero,
        con el que no conozco y sin embargo
        es más hermano mío que mi hermano.
        Ay cuándo
        me sacará del sueño un trueno verde
        de tu manto marino.
        Ay cuándo, Patria, en las elecciones
        iré de casa en casa recogiendo
        la libertad temerosa
        para que grite en medio de la calle.
        Ay cuándo, Patria,
        te casarás conmigo
        con ojos verdemar y vestido de nieve
        y tendremos millones de hijos nuevos
        que entregarán la tierra a los hambrientos.

        Ay Patria, sin harapos,
        ay primavera mía,
        ay cuándo
        ay cuándo y cuándo
        despertaré en tus brazos
        empapado de mar y de rocío.
        Ay cuando yo esté cerca
        de ti, te tomaré de la cintura,
        nadie podrá tocarte,
        yo podré defenderte
        cantando,
        cuando
        vaya contigo, cuando
        vayas conmigo, cuándo
        ay cuándo.





















        ALLÁ voy, allá voy, piedras, esperen!

        Allá voy, Allá voy, piedras, esperen!
         Alguna vez o voz o tiempo

        podemos estar juntos o ser juntos,
        vivir, morir en ese gran silencio
        de la dureza, madre del fulgor.

        Alguna vez corriendo
        por fuego de volcán o uva del río
        o propaganda fiel de la frescura

        o caminata inmóvil en la nieve
        o polvo derribado en las provincias
        de los desiertos, polvareda
        de metales,

        o aún más lejos, polar, patria de piedra,
        zafiro helado,
        antártica,

        en este punto o puerto o parto o muerte
        piedra seremos, noche sin banderas,
        amor inmóvil, fulgor infinito,

        luz de la eternidad, fuego enterrado,
        orgullo condenado a su energía,
        única estrella que nos pertenece.


        Poema 10



        Hemos perdido aun este crepúsculo.
        Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
        mientras la noche azul caía sobre el mundo.

        He visto desde mi ventana
        la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

        A veces como una moneda
        se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

        Yo te recordaba con el alma apretada
        de esa tristeza que tú me conoces.

        Entonces, dónde estabas?
        Entre qué gentes?
        Diciendo qué palabras?
        Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
        cuando me siento triste, y te siento lejana?

        Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
        y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

        Siempre, siempre te alejas en las tardes
        hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.


        Poema 13



        He ido marcando con cruces de fuego
        el atlas blanco de tu cuerpo.
        Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
        En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

        Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
        muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
        Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
        El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.

        Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
        La soledad cruzada de sueño y de silencio.
        Acorralado entre el mar y la tristeza.
        Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.

        Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
        Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
        Así como las redes no retienen el agua.
        Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.
        Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
        Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
        Oh poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
        Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco.
        Triste ternura mía, qué te haces de repente?
        Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
        mi corazón se cierra como una flor nocturna.


        Poematica del tiempo